El secarral

Autoracing árido, irreverente, políticamente incorrecto, espinoso... y sincero

viernes, 18 de mayo de 2012

Felicidad

Tenía la intención de titular esta entrada como “Maquialonso”, pero recapacité a tiempo y la nombré siguiendo el dictado de mi corazón, pues tras contemplar y degustar la carrera de Barcelona 2012, ese músculo jodón de mi pecho, que no hace otra cosa que moverse sin descanso, me hace sentir muy a gusto, con la satisfacción de que todo lo sufrido entre 2004 y 2012 no ha sido en vano… y además, una puyita a Alonso no merece empañar la dicha que colma de gozo todo mi ser, y menos en un título.

¡Y es que Williams volvió a ganar! Como seguidor confeso de la escudería de Grove, han sido muchos años viendo desfallecer lánguidamente a los diferentes modelos que se han sucedido en la casa de Frank Williams. Y no ha sido fácil, especialmente en los últimos años, donde la tercera escudería de la parrilla estaba peleando con equipos con los que jamás debería codearse. Sí, ya sé que suena un poco mamón, pero seguir a Williams no es como seguir a los infalibles McLaren o a los siempre arropados Ferrari, ser aficionado de Williams significa voltear a ver las entrañas de la F1, rascar en la superficie oxidada del entramado de Ecclestone y ver qué hay más allá, degustar esa historia por la que han desfilado tantos y tantos nombres, acariciar con el pensamiento cada uno de esos trofeos, cada uno de esos monoplazas… No, no vivimos anclados en el pasado, pero a falta de pan, debemos echar la vista atrás para no desfallecer en el intento, apretando los dientes cada vez que un Williams se ve en carrera con uno de los coches del furgón de cola, tratando de poner la mente en blanco para no soltar una lágrima de esas que le hielan a uno el corazón.

Y llegó la culminación a esos pesares que amenazaban con la desaparición de los de Grove, la increíble victoria de Pastor Maldonado en el tostón de circuito que es el de la Comunidad Autónoma Catalana. El piloto venezolano se encontró con una pole que no le pertenecía y que la FIA le regaló echando al fondo de la parrilla al piloto que más bemoles le puso, como siempre, Lewis Hamilton. Al hombre le falló la cabeza, como casi siempre últimamente, pero benditos fallos, que le hacen disfrutar a uno con cada vuelta, con cada curva que da el británico, obcecado, cansino, testarudo en su empeño de buscar estar más adelante, le pese a quien le pese y sin considerar asuntos banales para un verdadero piloto de F1.

Pastor hizo una carrera muy sólida, que yo no esperaba, pues aunque el Williams tiene un buen desempeño, todos estamos hartos de ver a pilotos que lo hacen medianamente bien en calificación y después en carrera se terminan diluyendo con el tiempo. Maldonado apretó lo que pudo al Ferrari de Alonso, que salió mejor, pero cedió la primera posición, recuperada después con un mejor ritmo de carrera que el asturiano y con una mejor estrategia de paradas que la de Alonso. Todos vimos cómo resultó la carrera para ambos.

Pero ¡hete aquí! que no quería hablar de Alonso y lo voy a terminar haciendo; estoy muy feliz también porque todos los aficionados españoles, fans y no fans de Alonso han podido comprobar lo maquiavélico, excesivamente calculador y pusilánime que es el piloto de Oviedo. Cuando faltaban diez vueltas le dije a mi amigo y vecino Justo “Justo, este tío es un calculador enfermizo, lo va a intentar dos vueltas y si no lo consigue, la carrera es de Maldonado”. Me equivoqué, porque no lo intentó ni una sola vez.

Además de alegría, me dio un poco de pena por la cantidad de gente que le animaba en las gradas, con la ilusión y la tensión en sus caras, esperando ese acoso, ese trabajo que el asturiano nunca estuvo dispuesto a realizar. Todos esos aficionados estaban después de la carrera justificando la COBARDE actitud de Fernando Alonso, diciendo el típico “…es que Alonso piensa en el mundial”. Sí, señores, pero resulta que Alonso es un piloto al que se ha contratado para ganar carreras y mundiales, que ustedes no van a estar en el resto de carreras del mundial, que Alonso estaba en su país, ante sus aficionados, a los que les hacía tremenda ilusión ver a su ídolo en lo más alto del cajón.

Este ídolo, un ególatra metido a megalómano, sintió por sus aficionados menos empatía que la que puede sentir por un clavo golpeado por un martillo, los despreció, los ninguneó, jamás pensó en sus aficionados cuando iba subido en el coche… y un piloto debe hacerlo porque se debe exclusivamente a ellos. Además, el tipo tiene muy mal perder y siempre tira la pedrada a otro para exculparse a sí mismo; en esta ocasión fue Charles Pic el que estuvo en el ojo del huracán cuando las iras del asturiano se cebaron en él, un doblado que su único pecado fue no saber quitarse a tiempo. De vergüenza fue la manita en alto de Alonso recriminando a Pic su presencia en la pista y de vergüenza fueron las declaraciones en las que el español dijo que Pic les hizo perder la carrera, pero que Williams se la merecía por su gran ritmo y buenas paradas.

A eso le llamo yo tirar la piedra y esconder la mano. Maldonado tuvo apenas dos vueltas antes los mismos problemas con Kartykeyan y no se habló de ello… ¡quizá deberías levantar más la mano, Pastor!

Quiero un piloto que me haga disfrutar cada carrera, y no una maquinita que deje de hacer su trabajo y se centre en la siguiente carrera cuando no ha terminado la actual. Podría tomar ejemplo Alonso de Raikkonen y Hamilton, que no dejaron de luchar, de intentarlo, de tratar de mejorar una última posición hasta la última curva de la carrera. Esos sí son verdaderos profesionales, verdaderos pilotos, este Alonso es un títere de feria, al que manejan con mucho cuidado para que el vestido no se le rompa y llegue en condiciones para la siguiente función.

Estoy feliz, Williams volvió a ganar y lo necesitábamos su fans, y Alonso, ¡ay Alonso! volvió a demostrar que esos años dorados ya pasaron para él y no volverá a ilusionar a nadie, excepto a los que les guste oler sus ventosidades. Estoy casi convencido que este mundial lo ganará el asturiano, porque visto lo visto, el más regular lo conseguirá, y en regularidad no le gana nadie.

Pero eso, la regularidad, es lo único que le queda al español.