Que la F1 está podrida hasta la médula no lo voy a descubrir ahora. Son ya muchos años siguiendo este maravilloso deporte, contra viento y marea, soportando caciques y cacicadas, peleando en aquellos años de "oscuridad" en que no se veían las carreras aquí en España, ni aunque Pedro de la Rosa estuviese apretando duro el acelerador del cascajo que le tocaba manejar. Siempre fue su sino.
De unos años a esta parte, soportamos los aficionados el continuo devenir cada día más errático de la llamada categoría reina, cada vez menos reina y cada día más decadente. Los mandamases del cotarro se están encargando de destrozar un deporte de caballeros para convertirlo en un negocio en el que el valor nada tiene que ver; continuas migraciones hacia países asiáticos, donde les importa un carajo la historia de este deporte, constantes injerencias de los organizadores de la FOM en el rol deportivo, abusivos cánones que se cobran a los circuitos por organizar una carrera, despiadadamente, sin tomar en consideración la crisis que está asolando el mundo... y podría seguir, por ejemplo, con la profesionalidad de los pilotos, como imbéciles del tipo de Nelsinho Piquet, al que le dicen que se estampe contra un muro y lo hace, abueletes como Jarno Trulli, que no tienen la dignidad suficiente para aceptar de una vez por todas que nunca fueron ni la sombra de Bruce McLaren o Bernd Rosemeyer, divas como Fernando Alonso, a los que les importa la F1 menos que a un aficionado de Bangladesh y luchan únicamente por llenar su billetera, algo lícito, claro está, pero tapado detrás del deberse a una afición, a la que quieren entregar títulos que sólo valoran los pilotos como dólares que les permitirán engrandecer su ego, con el afán de superar al siguiente en la estadística.

